Kitchen Club abre en Chile

El formato que suma escuela de cocina y espacio de eventos como “una casa de anfitriones” aborda su plan de expansión internacional. Tras su arranque en Madrid en 2009 y la apertura de su segunda sede en 2012, sus artífices, el arquitecto chileno Carlos Pascal y su mujer María González, preparan el lanzamiento de Kitchen Club en Santiago de Chile en otoño, asociados con Javiera Pascal y Diego Valenzuela. Contamos su historia y sus planes.

Él estudió Arquitectura y empezó a cocinar desde pequeño por afición. Ella se dedicaba a la producción de eventos. Y, juntos, crearon un modelo de negocio, que, en realidad, no existía en Madrid, ciudad sin la que, según cuentan, este proyecto no habría podido nacer. “Kitchen Club es un concepto español que nació y se crió en Madrid, aunque yo sea chileno”, sentencia Carlos Pascal, que, con María González, abrió Kitchen Club en abril de 2009.

Pascal llevaba algún tiempo dando clases de cocina en casa. “Lo anunciábamos a través de Internet; de una clase pasamos a seis a la semana”, recuerda este emprendedor chileno, que seguía trabajando como arquitecto, mientras veía la cocina como su vía de escape. Hasta que surgió la idea de convertir esta actividad en un negocio con espacio propio. “Se trataba de invertir el planteamiento: yo era arquitecto para vivir y decidimos apostar por el hobby para vivir”, comenta. Su pareja, María González, aportaba su experiencia en la producción de eventos y “la capacidad de estar pendiente de todos los detalles que requiere organizar un evento o una clase en Kitchen Club”, añade Pascal.

Kitchen Club buscaba un espacio acorde con el formato al que aspiraba: un espacio donde dar clases de cocina y organizar pequeños eventos que funcionara como una casa en la que sus dueños actúan como anfitriones de los alumnos y clientes. Y, de fondo, ideas que estaban surgiendo y/o multiplicándose en el gastrosector español: mesas únicas o mesas del chef y el restaurante como algo experiencial más allá de un lugar al que ir a comer, en unos años en los que aún seguían los efectos del boom de la cocina de vanguardia ‘made in Spain’.

Dónde debía ubicarse? “Yo iba mucho a Demodé (un bar en Ballesta) y viví la transformación de esa calle y de esta zona [conocida como el barrio de Triball]. Me recordaba a la transformación que algún barrio de Santiago de Chile. Vivíamos en Chueca y me pateaba todas las calles del centro, hasta que un día vi un cartel de ‘se alquila’ en el local de Ballesta. Lo cogimos y empezó la reforma”.

En abril de 2009, Kitchen Club abría. “El reto era llevar un concepto que había nacido en nuestra casa a un local profesional. No estábamos inventando la rueda; la docencia había existido ‘toda la vida’. Buscábamos un concepto muy demostrativo, clases basadas en show cooking en las que se privilegiaba tanto el observar como el hacer, como un formato muy experiencial. Queríamos que la gente se sintiese en casa: recibir la clase, participar en ella, quedarse después a comer y cenar y alargarlo con sobremesa si surgía”.

El arranque del proyecto

No hubo publicidad, solamente el boca a boca y el uso de redes sociales para dar a conocer la esencia de Kitchen Club. “Se trataba de convertir los cursos en experiencias: recibimos al cliente, le llevamos a ‘la mesa’, a la cocina; le explicamos que tiene wifi y que si le apetece, puede subir las fotos de las clases a Instagram; le preguntamos si quiere agua, café o una copa de vino; le mostramos los libros de cocina mientras esperamos a empezar la clase, que es en torno a una mesa, de forma que todos los alumnos se ven las caras y hay una interacción continua con el cocinero; después, se quedan a comer o cenar y alargan el tiempo de estar aquí cuanto quieran. Lo planteamos como generar un acontecimiento, casi una homilía”.

En la capital, había escuelas de cocina y espacios de eventos, pero, para el dúo artífice de Kitchen Club, había que avanzar y todo debía girar en torno al cliente. “No invertimos en publicidad. Nuestro planteamiento es una forma de invertir en nuestros clientes, que se fidelizan y vuelven o traen a otras personas. Hay que mimarles. Partimos de la idea de que el tiempo es lo más valioso que tenemos. Salvo en dos o tres casos puntuales, nunca hemos suspendido una clase y hemos llegado a dar un curso sólo con un alumno porque nos hemos comprometido con él”.

Kitchen Club arrancó con una decena de cursos y dos o tres cocineros, a los que “desde el principio, pedimos capacidad de comunicación. Les decimos que se imaginen que la clase es con un grupo de doce familiares a los que nunca han visto, pero deben recibir como anfitriones y acompañarles hasta que se quieran marchar”.

Otra seña de identidad de esta casa es que se apostó por explorar ‘otras’ cocinas en los cursos: de la japonesa a la tailandesa. Kitchen Club estructura su programación en tres apartados: Cocina viajera, Cocina de productos y Cocina de autor. “Está claro mi gusto por la cocina tradicional reversionada o actualizada, basada en los sabores y acompañada de una visión estética influenciada por el fundamento, el diseño, la composición y la estética de mi formación como arquitecto, con influencias asiáticas, latinoamericana y española”, describe Carlos Pascal.

Éxito del modelo

El formato funcionó. “Sorprendentemente, arrancó muy bien. Era un proyecto hecho con poco dinero, mucho endeudamiento y muchísimo esfuerzo. Pasado el primer mes, pudimos pagar a todo el mundo y fue genial. A la gente le encantaba el concepto. Ampliamos los cursos y empezamos a hacer cosas con cocineros conocidos”.

A los clientes de Madrid se sumaron los de fuera, incluso extranjeros; el negocio se amplió con eventos y, sobre todo, reuniones de empresa con ‘teambuilding’; y, mientras, la web, eje clave en la estrategia de este negocio, fue mejorando. “Ya teníamos el concepto: una cocina abierta en una casa concebida como un lugar de encuentro y reunión, con cursos participativos en los que desaparece el límite entre la cocina y la sala. Empezamos a hacer eventos fuera del espacio de Ballesta. Y necesitábamos que nuestra gestión se adaptara a nuestro concepto”, explica Carlos Pascual.

Segunda sede

Llegaron ofertas para replicar el concepto: Miami, Venezuela, Panamá, Colombia. “Nos ofrecían ‘pelotazos’, pero o no cuajaban, o no nos convencían. Pero estaba claro que necesitábamos crecer y nos planteamos hacer nuestro propio lugar de eventos donde la cocina siguiera siendo la protagonista”. En noviembre de 2012, abrió la segunda sede de Kitchen Club en Madrid, en la calle General Pardiñas. Un antiguo taller mecánico se convirtió en un loft contemporáneo, en el que era posible compatibilizar cursos con grandes eventos. “Nos permitió potencial el sentido de escuela de Ballesta y llevar todos los eventos a General Pardiñas. Como empresa, separamos los dos espacios en dos negocios con sus costes atribuidos”.

¿Qué supuso la apertura de la segunda sede? “Nos dio la oportunidad de mostrar y dar forma a nuestra filosofía culinaria, poner en práctica por nuestra parte esos conocimientos y esa visión de cocina, basada en los mismo pilares de nuestra escuela, viajera, productos y de autor”, desgrana Pascal.

Hoy, Kitchen Club suma dos espacios, un equipo de 30 personas (la mitad en plantilla y la otra mitad como freelance. Y, mientras sus dueños asumieron el crecimiento en uno de los momentos más duros de la crisis, seguía habiendo opciones de nuevos proyectos sobre la mesa. “Creemos que Kitchen Club no es franquiciable. Tenemos un ‘know how’ y podemos enseñar a alguien cómo es el concepto, pero no replicarlo igual”, señala Pascal.

Barcelona y Latinoamérica parecían los destinos naturales para seguir creciendo. Y, en este contexto, Chile surgió como la vía para cruzar el Atlántico. Es el país de Carlos Pascal, cuya hermana, Javiera Pascal, lidera El Asombro, una productora de eventos, que incluye equipo de cocineros y servicio de catering.

Así, llegó la oportunidad para instalarse en Chile. Javiera Pascal y su marido, Diego Valenzuela (abogado, empresario y productor de cine), son los socios de Carlos Pascal y María González para abrir una sede de Kitchen Club en Santiago de Chile. Los cuatro socios instalarán este espacio junto a la casa en esta ciudad de Electrolux, que, tras la compra hace un par de años de la compañía la firma local CTI (Compañía Tecno Industrial, fabricante de las marcas Mademsa y Fensa), buscaba un espacio que sirviera de escaparate de su marca ligado a la gastronomía.

Así, Kitchen Club será la sede de Carlos Pascal y sus tres socios en Santiago de Chile, ubicada al lado de la casa Electrolux, con un patio-jardín común, en un espacio que suma 1.500 metros cuadrados, situado en el eje de Avenida Kennedy (en la comuna de Vitacura). El acuerdo entre las dos partes, por 5 años, implica para ambas la autorización para usar las dos marcas. “El concepto de Kitchen Club Chile (www.kitchenclubsantiago.cl) será el mismo que en Madrid y lo desarrollaremos con El Asombro y equipo de aquí que viaje allí, además de cocineros de Latinoamérica”, cuenta Carlos Pascal. Es decir, espacio para eventos y cursos de cocina, con precios de 40.000 a 70.000 pesos por curso (en España, varían de 70 a 90 euros aproximadamente). ¿Fecha? En el otoño español, será cuando nazca Kitchen Club Chile.

Fuente de las fotos: MFG-Gastroeconomy y Platea Madrid.

Fuente: gastroeconomy.com